| Cosas de la Limia |
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Por Vicente Risco (Vida Gallega, xullo
1957) |
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La desecación de la Laguna Antela, vieja ilusión de los economistas del siglo XVIII, recogida después por el Deán Bedoya y por otros, da actualidad a una de las comarcas más definidas y más hermosas de Galicia. He pasado largas temporadas al borde de aquella gran llanura, en la Pereira, parroquia de San Pedro de Sabaríz, ayuntamiento de Rairiz de Veiga –Rairiz, Sabariz, nombres germánicos; predominio de cabelleras rubias y ojos claros; afición a montar caballos y yeguas largas, de gran alzada: bestas limiás-. En el período de entre guerras, todavía llevaban los hombres sus chalecos con mangas, tejidos y hechos en casa, encarnados y ribeteados de trencilla negra, y sus sombreros tejidos por ellos en palla centea. Echábamos largas parrafadas en un comercio de esos de todo, al comienzo de la noche, por el tiempo de las mallas – las hacían a máquina, con máquina alquilada, preparando antes la eira con bosta de vaca pisada con agua, que después de seca, tiene una consistencia y una lisura mejor que el cemento. El aprovechamiento de la bosta, actual todavía en Galicia y en la India, debe ser una de las más antiguas tradiciones indogermánicas, porque es indudable invento de pueblos pastores, que conservaron al fijarse en la tierra. En las horas de sol del centro del día, en el silencio de la aldea, se oía el ¨taca, taca¨ de los telares en las casas, emplazados en lugares oscuros, alumbrados por pequeños tragaluces… Acaso no esté esto tan descaminado: acaso se trate de concentrar la luz en la obra que se está haciendo… Se tejían allí preciosas mantas de cama, o colchas, muchas de ellas con motivos enteramente populares. Claro que las anilinas del comercio habían ya sustituido a los ricos colores vegetales de antaño. Los colores predominantes eran el rojo y el azul, de combinación difícil, pero se veían algunas en blanco y rojo, en azul y amarillo, alguna vez el verde. En los dibujos, el tejido impone la línea quebrada, de donde las cenefas de picos. La Veiga, o sea la llanura, con muchas tierras de pan –hubo quien llamó a la Limia ¨el granero de Galicia¨- , prados intensamente verdes, rodeados de carballos cerqueiros, en donde alternaban algunas vacas marelas con el ganado negro, el ¨bos ibericus¨ de aquí, de Viana, de Caldelas; La Veiga está rodeada de montañas que azulean a lo lejos, cada vez con azul más claro. Mirando al Sur, se destaca en el horizonte o cerro das doce: cuando el sol está verticalmente encima, es el mediodía; es un reloj cósmico. Al pie de los montes del primer término, está la torre de Porqueira… De los castillos que exaltaron a Benito Vicetto, a don Benito Fernández Alonso y a otros: Sandiás, a Pena, Porqueira, no han sobrevivido más que las torres… Sentado al pie de la torre da Pena, vi volar sobre mi cabeza una garza real; sin duda traía algún mensaje de la Edad Media, que quedó tan secreto dentro de mí, que yo mismo no me enteré. Aquella torre domina la orilla Sur de la laguna. Cuando la laguna haya sido desecada –ahora parece que va de veras- la echaremos de menos los románticos, los cazadores y sus víctimas. ¿Las aves raras –allí fueron cazados dos cisnes boreales, los cisnes de Apolo Hiperbóreo… Deben encontrarse disecados en la Universidad de Santiago– en dónde van encontrar después descanso? Pero lo que no podemos olvidar es que
Galicia tiene allí su Atlántida: la ciudad de Antioquia,
sulagada bajo la aguas… Todos allí han oído sus campanas
y sus gallos, aunque no quieran decirlo. |